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Archivo de la categoría: pintura

pintura V

El suspenso, oh sí, el tan preciado y sobrevalorado suspenso. Cada uno de los pasos de rutina se hace con el único fin de lograr generarlo lo mejor posible, sin agotar la botella pero tampoco sirviéndola en un solo y deslucido vaso de plástico. El arte consiste en mantener en vilo las expectativas vacías de aquellos desconocidos felices quienes pretenden estar vívidamente interesados en lo que sucederá, fingiendo que aún no lo saben, que será algo totalmente inesperado, innovador, deslumbrante, que los dejará sin aire y los paseará por bosques intransitados. Ah, claro, la inocencia fingida… sin embargo, cada uno de ellos lo sabe mejor que nadie, igual a todos. El final es uno solo, único e invariable, así de finito y sencillo se podría describir la última estación del viaje. Lo que se hace con esta pícara herramienta, el arma de doble filo que se dibuja en suspenso, es sólo cortar; una tijera encubierta que nos gusta mostrar con múltiples máscaras y disfrace, tinta u óleo. Cuando está bien empleada, el corte realizado es fantástico, puro. Todos aplauden y se maravillan con la ‘obra’. Se desatan de todo compromiso y aquello que fue, ya no lo es más, probablemente tampoco lo será nuevamente. Cumplió con la única misión que les importaba: entretenerlos, hacerlos suspirar, quitarlos del único tren en el que pueden estar. ¿Qué más importaba si el hilo era aún más largo? Nada…

Sí, maravilloso escapismo. Las tijeras afiladas detienen la marcha sobre las vías con nuestro trabajo, sudor y sangre de vida, lo dejan flotando para lograr confundir el final con aquello que sólo fue una cima de las incontables montañas las cuales puede haber, y habrá, en cada sendero. Evitan que el desenlace predestinado sea puesto en escena, poco se ve de ese telón. Por eso siempre nos encontramos con la misma sensación de frustración, porque lo sabemos, lo vislumbramos en la más simples pesadillas lúcidas. Conocemos la parada amarga mejor que otros y ponerla a la vista nos duele casi tanto como el intento perpetuo de evitarla. La muerte engulle las obras y no las deja ver la luz una mañana más de la que fuera la de su día de nacimiento. El olvido y el suspenso, el destino severo y desastroso de nuestros esfuerzos creativos. Ya no queda energía para intentar otra pincelada que me lleve directo al olvido, no dentro de la razón, dentro de la técnica. Y volvemos con el enemigo, recurrimos a él para poder llamar la atención un poco más, quizás correr el foco, la luz de algún alma, de un par de ojos que pueda leer más allá de lo que la superficie deja ver. Así es como corro buscando un suspenso, aunque uno distinto, mismo conocido.

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Publicado por en 2012/04/17 en Escritos, pintura

 

pintura IV

Miraba el fondo. Se veía oscuro, negro y relampagueante por la indecisión de las olas sometidas al perpetuo movimiento. El viento tormentoso revolvía sus cabellos pardos y largos, haciendo de ellos una melena que aguzaba aún más el rostro absorbido por los pensamientos. Tenía la mirada melancólica, algo dolida, brillaba en añoranza de aquello que no fue. Lo había intentado muchas veces, demasiadas, más de las que podía soportar, ahora lo sabía. Tenía tantos ‘no’ en la cuenta, que no lograba entender, vislumbrar en esa espesura de sentimientos retorcidos, por qué este último lo estaba empujando al borde del abismo. Literalmente. Su cuerpo se sostenía de la baranda con fuerza y desgana por igual, bajo ambos pies la tierra se abría para dejar entrever sus entrañas frías, pero rocosas y repletas de misterios. Era mediodía, pero la densidad de las nubes dejaba que el gris gobernara los sentidos dando un aire de inmortalidad, de tiempo muerto, detenido. Tal como él mismo deseaba estar.

En los abismos de sus personajes, deseaba poder llegar a otros corazones. Alguna infantil ambición de encontrar a su propio héroe, a falta de la voluntad para serlo por sí mismo. Sabía que algunos fans acérrimos, entregados a muerte, lo seguían, le obedecerían con un simple mandato que saliera de su boca. Tenían páginas con guías y fanfictions, toda una base de datos de lo que había escrito. Pero no buscaba ese fervor religioso ciego, veneración pasional, buscaba el simple y directo calor humano. Esa necesidad de comprensión, de verse como una más, jamás le había sido otorgada. Los llamaba con mensajes encriptados en las páginas de sus tantos libros. Estaba siempre gritando por alguien que sintiera las mismas dudas que él, que las comprendiera. Creía que la espera lo valía, creía que si tenía la suficiente fortaleza para seguir escribiendo, para seguir esperando, llegaría al fin. Al menos uno.

Esa mañana había hablado con uno de los tantos que enviaban solicitudes a su correo personal. No recordaba ahora el nombre, lo había perdido junto con el entusiasmo. Al principio creyó que era justo lo que buscaba, que sus palabras tenían todo lo que él necesitaba que tuviesen, el peso, la profundidad, la carga heroica. Más, no. No y no. No lo era, no podía serlo, al final sólo era otro ciego dando golpes a una piñata. Una que ya no tenía más dulces que ofrecer. Aspiró con ganas, aguantando las crecientes uñas del llanto en el pecho. Se inclinó ligeramente hacia adelante. Lo haría.

 
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Publicado por en 2012/04/16 en Escritos, pintura

 

pintura III

Estaba en el patio de su casa, sentado bajo el cielo del amanecer, entre las ramas de manzanos y las hojas violetas de las hortensias, ya a punto de sucumbir por el otoño. Aquél jardín sencillo y colorido que cuidaba con mérito, lo hacía sentir seguro cuando el exterior lo perturbaba por dentro. La noche anterior se había quedado hasta tarde terminando su último trabajo del mes, uno que no quería volver a ver siempre que fuera posible, por lo tanto fue despachado inmediatamente. Sólo recordarlo le robó un gruñido perdido en la brisa que precede la tormenta. Se arrulló un poco más en el banco, tenía tiempo libre, sinónimo de no poder dormir. Cuando no tenía un pedido, una consigna que seguir, sus ideas lo atropellaban, lo tiraban de una esquina a la otra, tambaleándolo entre espirales inconclusas que se cruzaban. Su objetivo último en la vida era precisamente ese, conseguir que sus pinturas tengan vida también, que lo sobrevivan. Una pintura con vida sería eterna y él podría vivir por siempre en ella. Más, no sabía cómo, ni si alguna vez lo lograría. Tenía tantas preguntas que no podía dejar de contestarlas una tras otras. Así había pasado el resto de la noche y visto el amanecer.

Un gorrión saltó de una rama a la otra, creyó verlo en cámara lenta. También había pintado animales, no siempre se había dedicado a la naturaleza muerta, al surrealismo, al paisaje. Hacer personas con óleos, acrílicos, pasteles, no le agradaba. Tenía esa extraña sensación de que los ojos lo seguían a cada lugar al que fuera, una mirada que inconcientemente asociaba a la persona que había retratado. Total incomodidad al encontrarla y creer que lo habían visto todo el tiempo a través de su pintura. En algunas ocasiones hasta creía haberle robado parte de sí a los modelos, otras haber pintado un sujeto totalmente diferente quien se veía exactamente igual. Definitivamente, pintar humanos no era algo a lo que tuviera deseos de volver, no era la vida que buscaba en sus casi obras. La vida no se contagia por el sólo hecho de plasmar una vida. Quizás tendría que haber un sacrificio para que pasara de un lugar al otro.

Se rió por unos minutos, totalmente anonado de su propia sugerencia, liberando a cada batida de mandíbula, los hombros con total euforia. Comparado con un pueblo originario, él sería un chamán en pleno acto. Las nubes del lejano techo celeste se removieron inquietas. Su risa frenética se detuvo y una extraña determinación estaba fulgente en sus ojos. Quizás sí necesito pagar un precio para poder lograr la vida, pensó a media voz. Se puso de pie, sabía perfectamente dónde tenía que ir para encontrar lo que buscaba.

 
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Publicado por en 2012/04/14 en Escritos, pintura

 

pintura II

Sus labios dibujaron un contorno de calor rojizo en la taza de té de porcelana blanca y verde, doradas en los bordes y algunos ligeros detalles. Sus dedos largos, fríos y rosados sostenían el plato con un temblor permanente, jamás lo había dejado sólo, no desde que sus palabras le pesaban tanto. Hubo un tiempo en su niñez en que, lo sentía y por eso lo sabía, dejó de ser parecido a los otros niños. Sus ojos veían más allá, sus palabras contenían horrores, muchas veces incomprendidas, por lo que sus, antes compañeros, ahora lo veían como a alguien diferente, de otro grupo; más como un hermano mayor al que no querían contarle sus secretos. Fue así como comenzó a construirse en base a sí mismo, con poco que compartir, poco que pudiera adherir de esos a quienes se cruzaba. El último sorbo le pareció un poco amargo y frío, aún así, el té se toma completo, decía siempre. Dejó ambas partes en la mesita ratona de la sala y caminó estirándose hasta llegar a su escritorio en la otra esquina, la más oscura y la más brillante.

Una vez sentado, mirando al papel a medio escribir que tenía enfrente, se encontró encerrado en un callejón sin salida. Estaba parado en la oscuridad parpadeante de la lluvia, con el sobre de papel medio humedecido y la verdad última dentro de él, esperando que llegara el fin con la punta del arma en medio de la sien. Sus heridas apenas sangraban, a medio coagular. Su hipotético asesino no dejaba ver el rostro. Así debía ser el clímax, donde todo debía ser puesto sobre la mesa y apostado a las agujas del azar. Era muy importante y por eso se sentía encerrado. Mover los dedos era exactamente lo mismo a asesinar o salvar, cada letra que escribiera sería juez y ejecutor de esa vida en desarrollo, de esas personas que tenían tan patente sus pasiones y tan exaltadas sus debilidades.

Aferrándose al valor de quién lucha constantemente contra la corriente, apretó furiosamente cada tecla de su máquina y comenzó a llenar hojas y hojas de tinta negra. A pintar aquél final que robaría suspiros, llantos y sonrisas. También esperaba robar un espacio de la memoria, de la vida de quién pudiera llegar a descubrirlo. El éxtasis lo dejo exhausto, al punto de sentir su corazón palpitar con fuerza y temblar ligeramente sus rodillas. Dejó caer las manos a sus costados, mirando el techo con los ojos perdidos. Había llegado al vacío nuevamente. Al momento en que su realidad era la única, incambiable… solitaria como sus propias creaciones.

 
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Publicado por en 2012/04/13 en Escritos, pintura

 

pintura

Esa tarde, cuando su sillón parecía más tentador que pintar en su atelier, decidió que podía descansar por algunos minutos y luego, con el té de las seis, seguir con su trabajo. A muchos les gustaba decir que su vida era fácil, que sólo bastaba con tirar despreocupadamente un par de colores en el blanco y arrugado lienzo para asegurarse la renta por todo un año, sin contar que bien podía hacer más de cinco en un sólo día. Te envidiamos, le decían con una mueca socarrona, fingido sobreactuado y mucho desdén oculto en sus manos suaves y cuidadas. Con el tiempo había aprendido a sonreír como mera respuesta, pero cada sugerencia era una estocada directa a su corazón, a su ahora bien pequeño orgullo. No tenían forma de saber que, en su sentir de artista negado, estaba lejos, muy lejos de lograr pintar algo que él pudiera considerar digno de decir ‘Obra’. Entre las personas su nombre era reconocido, muchos personajes del movimiento lo citaban y utilizaban para tratar de demostrar que su nivel era el que deseaban o el que alababan, casi como un prócer de las galerías francesas y alemanas. Él seguía hundido en su impotencia. No podía comprender qué veían en esos mutantes, en esas quimeras tan desprovistas de belleza, que salían de sus manos y desaparecían instantáneamente en el mercado.

Suspiró desde lo más profundo de su ser, totalmente rendido en el mullido cojín beige de la sala. La luz del sol entraba de lleno por el ventanal de su primer piso, el reflejo en el suelo de madera frente a sus pies le resultaba pintoresco. La calidez de los días otoñales. Otro suspiro, esta vez algo más corto, sabía que podía pintar esa misma escena, aunque todavía le estaría faltando ‘algo’. La vida, la noción misma de la pureza, de la belleza. Era tan mundano él que jamás podría imitar a la madre naturaleza en la más grande de sus creaciones. Aquella sustancia que no podía retratar, que no le era ni siquiera posible intentar decir que había allí un indicio. Ver una chispa en su obra, jamás lo había logrado. En cada una de sus pinturas veía un cuadro vacío, que no respiraba, que no arrancaba pasiones. Una simple imagen, valuable cosa sin sentido, como un espejo que no funcionaba.

 
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Publicado por en 2012/04/12 en Escritos, pintura