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Archivo de la categoría: Febrero

[feb12] día veintinueve

Sentía la ridícula necesidad de explicarse, de elaborar su razonamiento de manera tal que ya no quedaran dudas. Poner en palabras encadenadas, articuladas cual escalera, para llegar a ver las cosas de la misma forma que él, y que no hubiera otra forma posible de llegar a lo mismo. Era una urgencia que le impedía ahora pensar en otra cosa más que soltar todo ese catálogo de justificaciones, métodos y experiencias que se apretaban contra el embudo de su boca. Levantó los ojos grises, apretando las cejas para no perder el hilo del sentido en el vapor que salía de la taza al tiempo que se armaba de valor para gastar el aire de sus pulmones en la segura y extensa demostración que haría. Su madre lo miraba desde el otro lado de la mesa con actitud inquisidora, una mano en la cadera y la otra en el cuchillo para cortar pan. Todo indicaba que su comportamiento era reprochable, por eso mismo tenía que decirlo, gritarlo, si era necesario para que ella pudiera dejarlo hacer. Tenía que entender, solamente le ponía leche al café para que no estuviera tan caliente.

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Publicado por en 2012/02/29 en Escritos, Febrero

 

[feb12] día veintiocho

Primero fue el aliento el que se trabó entre sus labios, luego sus latidos dejaron de resonarle en el pecho. Algo frío le cayó por la espalda y la visión se cubrió de un velo oscuro y borroso.

Nada peor que aquella pesadilla. El recuerdo fugaz y patente lo estremeció como flecha. Ver cada construcción precaria y moderna, cada árbol y cada flor, cada prenda y todas las personas conocidas y sin conocer, ardiendo sin motivo en un incendio que no tenía final ni comienzo. Gritos, gemidos, chillidos, enturbiaban el aire de vibraciones dolorosas, puro sufrimiento y desolación infinita. La única explicación era estar en presencia del mismísimo infierno.

Sólo había una cosa peor que aquél sueño tétrico… era despertarse sabiendo que no estaba dormido.

 
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Publicado por en 2012/02/28 en Escritos, Febrero

 

[feb12] día veintisiete

Me pregunto por qué siempre en sus historias tiene que haber un héroe. Yo soy un héroe -risa- y en mi día a día no hay una historia más que para mí mismo. Jamás nadie la podría conocer completa a menos que la vaya contando por partes a personas que ni se conocen. Pero sí, todos son protagonistas y sin embargo ninguno es un héroe hecho y derecho. Me vuelvo a preguntar por qué siempre son héroes cuando, en realidad, algo así no era parte de su naturaleza. Seguramente es otro de esos mitos que todos creen, hay tantos y todos tan bien aceptados.

Primero, por ejemplo, los susodichos héroes. Cada persona tiene uno al que adora y siempre alude pero, al final, sólo esos héroes fantásticos son héroes; las personas no dejan de ser personas y el ideal no es más que una fría admiración jamás llevada a la práctica. Nadie desea convertirse en ese héroe con el que sueña por razones con poca carga. Luego está ese otro mito más común aparente entre los cuentos para niñas, el amor eterno. Casi como a los héroes, todos lo apelan, lo desean, lo idolatran, pero nadie se hace cargo para hacerlo llegar a término. Personas que dicen que la vida es muy corta como para creer en lo eterno; que vivir el día a día es mucho más divertido y provechoso. Lo que se pierden por no trabajar en lo que cuesta. Están rodeados de mitos y todavía se quejan de Dios.

Se quejan de diciendo que no existo sólo porque han encontrado una lógica y hacen uso de ella a extremos que no pueden entender del todo, controlar completamente. ¿Debería felicitarlos porque pueden observar y e intentar controlar las cosas que he hecho? Es demasiado simple y ya con eso tienen la osadía de reemplazarme por humanos a los que no desean alcanzar. Es divertido, sí, ciertamente, ver cómo avanzan en la interpretación, negando que tal orden proviene de alguna parte que ellos no desean admitir. Sus mitos ya no tendrían sentido si tan solo me preguntaran de vez en cuando, sus avances serían más seguros si pidieran mi ayuda… estos humanos son más bien mis auténticos anti-héroes.

Debo admitir que todos nos equivocamos al menos una vez en nuestra existencia.

 
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Publicado por en 2012/02/27 en Escritos, Febrero

 

[feb12] día veintiséis

Le encantaba, le fascinaba. Su forma tan curva y sinuosa era incomparable, no podía existir nada semejante. Brillaba dulcemente, sus colores de madurez lo seducían sin decir una sola letra, no era necesario. Encontrarla  en ese estado, por casualidad, era la mayor de sus suertes, no podía considerarse persona con tan poca fortuna cuando eso sucedía. Tanta dicha, tanta felicidad en una simple reunión de supermercado, de despensa, de camino. Le robaba los suspiros y los pensamientos por completo. No había mejor ni más acertada palabra para describir lo que sentía, más que deseo.

Era sólo cuestión de verla para que su corazón se aceleraba con la expectativa del contacto, del gusto. Sus manos temblaban ligeramente y sus palmas se ponían húmedas. Sus mejillas, lo sabía, se tornaban intensamente rojas y en sus ojos debían notarse sus claras intenciones. No podía evitar morderse los labios y decir por lo bajo algo como: ay, cielos. Un tenue calor comenzaba desde las plantas de sus pies y se distribuía ascendentemente por su cuerpo, ocupando sus piernas, su pecho, sus brazos… el estómago repleto de mariposas. Ya no podía pensar en otra cosa que no fuera tomarla entre sus manos y, con toda la lentitud, delicadeza y cariño posibles, llevarla hasta su boca para darle aquel beso sagrado.

– ¿Piensa llevarla o sólo la está probando?

– La llevo… – dijo con un poco de vergüenza antes de poner la pera en su cesto.

 
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Publicado por en 2012/02/26 en Escritos, Febrero

 

[feb12] día veinticinco

Le habían dicho, sugerido y querido hacer creer, que si esperaba poco de las personas, poco la decepcionarían. Milagrosamente así lo había comprobado como cierto e, incluso, como seguro. El paso del tiempo lo corroboró, sus experiencias dejaban en claro que no había forma de sentir una pérdida, una desilusión, una traición, si desde el principio esperaba mucho menos de lo que quería esperar, de lo que en el ideal de los casos podía esperar. Tener la pretensión en algo tan alto, tan perfecto, sólo generaba el vacío de lo inalcanzable, de lo imposible, del milagro en el que sólo creen los fanáticos religiosos. Era difícil, sin duda, vivir con tan poca expectativa en la gente, se sentía rodeada de seres enanos. Pero se fue acostumbrando en cuanto sintió más seguridad al tomarlos a todos por incompetentes a los que sólo les importaba llegar a ese mínimo en el que ella tenía que poner la apuesta segura.

Lo que no le habían dicho, es que evitar tremendo daño, hacía de ella una persona muy difícil de hacer feliz. Tener tal desazón, tanta seguridad en que lo que pedía sería cumplido sólo al mínimo, no le generaba ninguna alegría. Esperar una rana y recibir una rana cortaba al príncipe de cuajo. Y sin quererlo, el deseo se había hecho firme y totalmente inalcanzable.

 
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Publicado por en 2012/02/25 en Escritos, Febrero

 

[feb12] día veinticuatro

Cavaba y cavaba, como único oficio y solo hobby. Desde el alba hasta el ocaso, casi sin excepción climática que pudiera detenerlo. Tenía extensiones indecibles de tierra sin explorar, por ello él era el único dueño y señor de lo que allí había… y pudiera haber debajo. Tierra oscura, aplastada, compacta, empiedrada y arrocada, poco verde en el horizonte. Las facilidades ya las poseía de antaño, hombre mayor afortunado (por más de un motivo), no había preocupación alguna que lo ocupase.

Aún así, la idea descabellada y fantasiosa de un tesoro le era irresistible, completamente tentadora. Cantaba el gallo y él tomaba su pico-pala, montaba el caballo y corría hasta el punto que había dejado la tarde anterior. Surcos y surcos de huellas y excavaciones sobraban. El tiempo que había dedicado a esta tarea dejó de ser contado por su mujer muchos años atrás, cuando decidió dedicarse a buscar entre páginas amarillas algo en qué soñar y suspirar. El silencio del hastío acompañaba a cada integrante sombrío de la casa adornada y cálida, brillante antaño.

Fue una mañana de otoño, cuando su hija menor decidió acompañarlo en su tarea, cuando lo descubrió. Quizás había perdido tiempo en una tarea que poco daba. Ella lo guió por unos suelos que él ya había inspeccionado a fuerza. Cuerpos extraños salían del suelo, algo que él no había visto. En los alrededores de la casa habían comenzado a crecer árboles, delgados y débiles. La niña le sonrió, cómplice al tiempo que sacaba de sus bolsillos montones de semillas diversas.

– Son un regalo, son tesoros que encontré y quería que también los encontraras.

 
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Publicado por en 2012/02/24 en Escritos, Febrero

 

[feb12] día veintitrés

Vagaba sin perdón por las alturas de la inconsciencia, por el aire que sólo las hojas podían respirar. La espalda encorvada, sin descanso del peso eterno que cargaba y cargaría hasta que los días terminasen… o los terminara. La vista perdida, no el horizonte, sino en lo profundo de sus pensamientos, lo más oscuros, los más turbios y afilados. Rodillas nudosas, callosas, ásperas tal corteza de roble seco; plantado a la vera del camino estrecho y muerto por falta de sol. Si había alguna voz, alguna piel, no las podía, no las quería percibir; tenía que estar él solo para poder culparse lo suficiente… y así encontrar la luz. Pero sólo una frase ocupaba su atención. No podía perdonarse. Se había traicionado a sí mismo.

 
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Publicado por en 2012/02/23 en Escritos, Febrero