Siempre me quejo de que el tiempo pasa lento. No vengo a cambiar ese hábito, me asustaría si me levantara y de repente tuviera cincuenta años, la verdad. Fuera de un par de días específicos, vengo pasando el año con la misma velocidad aparente de todos los años anteriores, lo que es algo así como despacio. Eso de «pasó volando», no lo puedo generalizar.
¿Tiene algo bueno? Sí, aunque sumergida en la maratón de cosas en las que voluntariamente me sumergí, siento que este año finalmente voy llegando mejor a los objetivos que me he propuesto. No sé si se relaciona con esto de sentir que la horas duran tanto, pero parece que puedo hacer un poco de todo en el medio. Hablo de esas metas que toman mucho tiempo y dedicación, las que sólo se pueden completar yendo poco a poco. Y de los que son más impulsivos también, nunca dejaré de lado un poco de ocio.
¿También algo malo? Cuando veo lo anterior, cuando me siento a agradecer por las oportunidades que se presentaron y pude aprovechar (te tiene que agarrar preparado, ya saben), cuando pienso en las dificultades que pude superar; sí, me da tranquilidad, eso seguro… pero también comienza a dibujarse un pequeño puntito de incertidumbre: el típico «¿y ahora qué?». ¿Será necesario que haga algo más?
Muchas veces sentí que las cosas perdían sentido, no únicamente por el tiempo que pasa, a la velocidad que pase, sino porque parece que uno va sumando más y más… así no hay tiempo que alcance. ¿Qué es lo importante? Apreciar lo que se hizo, y vivir hoy.
Todavía me falta aprender a estar en el hoy sin más, a dejar de pensar en esas escaleras al éxito que nos cuelgan en la espalda desde tan jóvenes. Sospecho que no es necesario tener tantos trofeos, sino esa ligereza en el pecho que nos permita respirar y dormir sin atormentarnos a cada minuto. Ser y nada más.



